Educación. Por Profesora Blanca Rojas

Profesora Blanca Rojas

Previamente, algunas precisiones sobre este manoseado concepto que, al parecer, nuestra sociedad de la era tecnológica ha circunscrito al ámbito de la escuela, lo ha limitado a la transmisión de los conocimientos disciplinarios que son lo predominante de este lugar.

Al revisar su etimología, la raíz de su origen, nos encontramos con que el término proviene del latín, del sustantivo Educatio, -onis que, a su vez, procede del verbo Educare que significa criar, alimentar. Considerando estos significados latinos, quien cría y alimenta en el origen es la familia. Si tomamos la explicación del verbo educar: conducir, sacar afuera. Tal vez, por esto último, nuestra sociedad ha incrementado las tareas asignadas a la Escuela. Hasta hace unas décadas, nuestros docentes continuaban la educación del hogar, manteniendo los valores y las normas conductuales enseñadas por los padres junto con transmitir los saberes acumulados por el ser humano a lo largo del tiempo.

Con el paso del tiempo, se han ido liberando responsabilidades educativas de la familia y se han trasladado a la Escuela. Algunas justificaciones se encuentran en que las madres de hoy trabajan fuera del hogar por largas jornadas o eso de las “familias disfuncionales o monoparentales”. Considero que estas justificaciones carecen de sentido cuando vemos grandes hombres y mujeres que han sido formados por madres trabajadoras que han criado solas a sus hijos, sin una figura masculina; que, además, trabajaban para llevar el sustento al hogar. Ellas se hacían los tiempos para educar, aplicaban medidas correctivas que hoy las normas han desterrado de la vida familiar.

Hay tareas que son indelegables como enseñar el RESPETO y el AMOR, dos grandes necesidades y vacíos de nuestra sociedad actual. Su ausencia y/o mala interpretación actuales, son la base de los males que hoy nos afectan: si yo amo y respeto mi vida y mi organismo no los daño consumiendo algo que me puede dañar o afectar, digo NO, aunque mis pares no lo entiendan. Como esto no se ha enseñado por quienes tienen el primer deber de educar: los padres, sean éstos, ambos o uno solo. Somos los padres, adultos, quienes debemos educar para la vida. Por eso, nuestros niños y jóvenes carentes de amor, lo buscan en cosas que afectan a sus cuerpos que poco o nada respetan cuando se hacen orificios por todos lados para estar a la moda lleno de aros hoy llamados pircing o cuando nos damos a conocer por nuestra palabra plagada de groserías, cuando dejamos de llamarnos Pedro, Juan, María o Rosa para homogenizarnos  en una palabra que, a quienes somos adultos, nos resulta ofensiva e insultante; es la cultura de la coprolalia que está empobreciendo nuestra habla.

También faltamos a estos dos pilares fundamentales cuando intervenimos en las conversaciones de nuestros adultos sin los permisos necesarios o los interrumpimos “cuando un burro está rebuznando, los demás están callados”, nos decían en la infancia del siglo pasado y si replicábamos como lo hacen hoy nuestros niños (niñas) y jóvenes, nos aplicaban algún correctivo físico; y ese golpe, coscorrón o palmada, no nos traumatizó como plantean hoy los expertos. Tampoco los eternos castigos de escribir 100 y más veces, con letra clara, alguna frase que comenzaba con “No debo” o que repetía algún conocimiento que debíamos internalizar.

Gracias a esa educación que hemos olvidado para educar a nuestros descendientes somos reconocidos y respetados. Nosotros no sabíamos que habían “Derechos del Niño” (Existen desde la mitad del siglo pasado) y sobrevivimos a esta ignorancia. El Estado debiera asumir el daño causado con el predominio del derecho sobre el deber.

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